“José Martí: sus últimos días en Norteamérica”

 Inquietudes, y ansiedad El Delegado va y viene. Los cubanos lo ven, siempre como el perfecto guía. Y Martí que siente en torno esta comprensión, participa –con estas solemnes frases- aquella hermosa fusión de los cubanos: “Ni me pida, ni me dé, palabras ajenas o mías, como cosa principal. Deme hombres; deme virtud modesta y extraordinaria, que se ponga de almohada de los desdichados, y se haga vara de justicia y espuela de caballería: deme gente que sirva sin paga y sin cansancio, en el mérito y entrañas de la oscuridad, el ideal a que se acogerán luego, pedigüeños y...

 Inquietudes, y ansiedad

El Delegado va y viene. Los cubanos lo ven, siempre como el perfecto guía. Y Martí que siente en torno esta comprensión, participa –con estas solemnes frases- aquella hermosa fusión de los cubanos:

“Ni me pida, ni me dé, palabras ajenas o mías, como cosa principal. Deme hombres; deme virtud modesta y extraordinaria, que se ponga de almohada de los desdichados, y se haga vara de justicia y espuela de caballería: deme gente que sirva sin paga y sin cansancio, en el mérito y entrañas de la oscuridad, el ideal a que se acogerán luego, pedigüeños y melosos, los mismos, que en la hora de la angustia, porque el polvo del camino les mancilla la corbata, se apartan de él ...”

Está tan redondeado y hermoso el pensamiento de Martí en sus escritos, que es tarea muy difícil prescindir de sus propias palabras para expresarlos, sobre todo, cuando se refieren a deberes patrióticos y empeños justicieros y desinteresados:
Sin embargo, según avanzaba el año 1894, aumentaba la inquietud en el Delegado. En el mes de enero de 1895 esperaba noticias del General Gómez, a quien competía la orden de alzamiento.

Pero el Delegado hombre de método y disciplina, advierte que

 “las revoluciones por muy individuales que parezcan son obra de muchas voluntades, y hay que inclinar con frecuencia la propia..”

 

Los pensamientos le agobian

En sus últimos días en New York, el pensamiento de José Martí se mueve constantemente trazando los planes que darían inicio a la guerra justa y necesaria. A Serafín Sánchez notificaba que regresaría tan pronto después de su entrevista con Máximo Gómez. Sin embargo, en la carta-despedida a Tomás Estrada Palma le insinúa que no desea regresar. Deseaba quedarse luchando en la manigua como un simple mambi. Sabía además que era necesario, imprescindible, su presencia física en la reunión de los patriotas en Camagüey.

El Apóstol –en uno de esos pocos momentos de reposo- revisa mentalmente todo lo ordenado para el levantamiento en Cuba a la vez que espera conocer siguientes detalles desde la isla. Preparado estaba el desembarco en Cuba de tres barcos cargados de hombres y armamentos.

Igual no puede dejar de pensar en su madre y su débil salud; y en su único hijo, Pepito, un muchacho de 17 años de edad al que desde hacía mucho tiempo Carmen Zayas-Bazán retenía alejado de él.

 

Plan de La Fernandina  

A costa de grandes esfuerzos logró José Martí organizar una expedición, llamada La Fernandina, formada por tres barcos: Lagonda, Amadis y Baracoa, los cuales trasladarían a la isla material de guerra para mil efectivos, todo comprado gracias principalmente a los fondos aportados por los tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso.

El plan organizado con salida desde el puerto de Fernandina, Florida, simulaba barcos cargados con útiles agrícolas. Una de las naves sería encabezada por los generales Serafín Sánchez y Carlos Roloff, rumbo a la zona camagüeyana. Otra nave recogería en Costa Rica a los Maceos, Flor Crombet y cientos de hombres dispuestos a desembarcar en la provincia oriental cubana; y en el tercer barco embarcarían en Santo Domingo el general Máximo Gómez, Paquito Borrero, Ángel Guerra, José  Rodríguez y los demás expedicionarios allí reunidos en espera del momento crucial.
Mas el 10 de enero de 1895 los tres barcos fueron confiscados por el gobierno norteamericano. El y otros más estaban a merced de los hombres de la agencia Pinkerton, empresa pagada por España para vigilar a los patriotas en Estados Unidos.

Esto constituyó un duro golpe para los planes revolucionarios, así como amargos y peligrosos fueron los días que siguieron en la existencia del Apóstol. Loynaz del Castillo y Enrique Collazo coinciden en el impacto emocional en el Delegado y notifican a otros cubanos:

“Revolvíase como un loco en el pequeño espacio que le permitía la estrecha habitación...”

Pero el descubrimiento del plan de La Fernandina evidenciaba la capacidad de ordenamiento de José Martí. Los al mando de cada nave desconocían los preparativos, pertrechos y rumbo de los otros para prevenir caso que alguno cayera en manos enemigas.


Perdido todo, tratando de ocultar la intranquilidad que refleja su mirada, el Delegado explica en pocas palabras:

“...La cobardía, y acaso la maldad, de López de Queralta entregó nuestro plan entero: nuestros tres barcos rápidos, salidos a la vez, para llegar casi al mismo tiempo, con armas para 400 hombres. Acaso se salvará el cargamento. Pero hemos salvado más: la disciplina y el respeto de la Isla, asombrada de nuestro esfuerzo ...”

Y con la firmeza de carácter que todos les conocían, José Martí proclama:

“...Todo se ha perdido, menos las esperanzas y la decisión de acometer la empresa iniciada con tanto sacrificio”.

 

Epistolario martiano

Pero las pocas personas envueltas en el Plan de La Fernandina sabían que el fracaso del mismo no sucedió debido a la vigilancia del servicio secreto de España en Estados Unidos, sino a la indiscreción de Lopez de Queralta, veterano de la “Guerra Grande”.

La angustia de aquellos días lo atestigua esta carta de José Martí dirigida a Juan Gualberto Gómez en La Habana, de la cual como prueba eficiente solo copiamos el primer y último párrafo de la misiva del 17 de enero de 1895:

Amigo queridísimo:

No emplearé palabra innecesaria para las amargas noticias que tengo  que comunicarle y que el cable habrá en parte anticipado, así como mi última carta a  Ud. y sustituiré el lamento inútil con la declaración de que renuevo inmediatamente  por distinto rumbo, la labor que la cobardía de un hombre ha asesinado. Ante todo, déjeme declarar a Ud., y en Ud., a todos nuestros amigos, de todas partes, que es mi  primer pensamiento el de redimir a la Isla de toda obligación de sujetar sus movimientos a los que de afuera no han de cesar, y han de rematarse con fortuna, mas sin el derecho de  impedir que el país surja por sí, y sin la traba de esta espera, si juiciosamente cree  que en condiciones de éxito, o de mantenimiento por un plazo ya más dilatado, puede surgir sin nuestra conjunción. Ese es mi primer pensamiento. Ayudar, sí. Oprimir, o encabezar a la fuerza, no. Lo que yo creo, luego lo diré, aquí mismo. Pero antes sepa  esa decisión fundamental...

Y nuevamente confirmaba el apóstol:


"....No teman desmayo, ni esperas injustas.  Andaremos como la luz. Aguardarían y sabrían pronto. Aquí debo terminar, porque ya he dicho lo esencial. Ya ven Gener y M. en qué angustias vivía y a qué obligaciones  imprevistas tenía que atender cuando no podía responder, ni a veces recibir sus cartas,  -y serán justos- Ud. verá de ahí la llaga en que he vivido… Veamos al frente. Aguarda ansioso su respuesta, más confiado que nunca  en su juicio.   José Martí.

La correspondencia entre Martí y Juan Gualberto había comenzado a ser semanal y más tarde casi diaria. Cartas dirigidas a una humilde mujer llamada Concepción Bartolotti, que vivía en la calle de Sitios, iban dentro de otros sobres con el encargo de entregarlas “al vecino”, y a través de otra persona llegaban a manos de Juan Gualberto Gómez; así igual los planes pre anunciados por el Apóstol cubano llegaban en su preciso momento.

Últimos días, últimos preparativos

A su regreso de Jacksonville, -fracasado el plan de La Fernandina-, José Martí recibió refugio en el hogar del Dr. Ramón L. Miranda, tratando de estar fuera del alcance de los espías de España en la ciudad de New York y sus alrededores. Dos semanas pasó en la residencia del médico, sin poder salir de la casa por temor de que lo detuviesen, pues los reporteros se sucedían para informarse donde podrían encontrarlo. Allí –aún muy enfermo- recibió a varios de los amigos el 28 de enero de 1895, día de su 42 cumpleaños .

Mas el Apóstol, espíritu determinativo, apto para empresa tan extraordinaria, no podía caer en la desesperación, y reacciona con la entereza y serenidad que le son características:

“Yo no miro a lo deshecho, sino a lo que hay que hacer.”

Tras varios días de espera recibe noticias del General y porque así lo requiere la inquietud revolucionaria que manifiesta la población de Cuba.  Martí redacta y firma en New York como Delegado del PRC, la Orden de Levantamiento a efectuarse en Cuba para la segunda quincena de febrero, dirigida a Juan Gualberto Gómez y que él recibe oculto en un tabaco cubano elaborado en Tampa, con la indicación de ser trasmitida la “orden” a todos los grupos de Cuba.


Bajo días de mucha tensión y peligro, con su poca salud quebrantada desde hacía tantos años, trabajó incansablemente José Martí para lograr unificar los cuantiosos detalles que llevaron a Cuba a ser libre del dominio español. Con todo en orden embarca en el vapor inglés Athos hacia Port-au-Prince acompañado de Enrique Collazo, Manuel Mantilla y de José María Rodríguez, a reunirse con Máximo Gómez y otros patriotas en Santo Domingo para allí arreglar y realizar el viaje a Cuba, ...del que Martí no tenía permiso para efectuarlo él mismo, …pero del que nadie pudo hacerle desistir.

Es muy cierto lo que expresó Víctor Hugo de nuestro José Martí:


“La labor de aquel insigne, que merece un altar en cada pecho de cubano, no puede ser apreciada y juzgada justamente, más que por los que presenciaron su desenvolvimiento.”

Revista Libre. Cuba.

María Teresa Villaverde Trujillo

 

José Julián Martí Pérez (La Habana, Cuba, 28 de enero de 1853 – Dos Ríos, Cuba, 19 de mayo de 1895) fue un político republicanodemocrático, pensador, periodista, filósofo y poeta cubano de origen español, creador del Partido Revolucionario Cubano y organizador de la Guerra del 95 o Guerra Necesaria. Perteneció al movimiento literario del modernismo.

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